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Abstract Possible

Abstract Possible

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‘Cuando el arte concreta lo abstracto pierde toda cualidad abstracta y solamente anuncia una lucha constante por llegar a un estado de abstracción y, en consecuencia, produce más abstracción que perseguir. Esta ausencia de lo abstracto es lo que atrae y fascina, lo que se impone a los artistas y exige atención constante.’

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Cuando el arte concreta lo abstracto pierde toda cualidad abstracta y solamente anuncia una lucha constante por llegar a un estado de abstracción y, en consecuencia, produce más abstracción que perseguir. Esta ausencia de lo abstracto es lo que atrae y fascina, lo que se impone a los artistas y exige atención constante. Lo abstracto atrae a los artistas y se les presenta como una zona semiautónoma que está apenas fuera de su alcance. Produce la ilusión de una serie de bastiones y lugares que podrían reducir el devenir diario contingente a una secuencia de inconveniencias distantes. La concreción de lo abstracto en una serie de formas fallidas es lo que atrae al artista y lo mueve a realizar intentos reiterados por “crear” lo abstracto, con la plena conciencia de que este mismo acto produce cosas que son la representación de imposibilidades. En el contexto actual esto significa que lo abstracto es un dominio de negación y aplazamiento, un recordatorio continuo a los diversos públicos de que varios actos de arte han tenido lugar y que es probable que los autores hayan sido artistas.

La creación de un arte de lo abstracto es una tautología. No puede comprobarse de forma independiente. Tenemos que aceptar que la concreción de lo abstracto es en sí una prueba indirecta de su existencia. Deja entrever algo que no puede convertirse en objeto. Pero ahí, frente a nosotros, tenemos esta no existencia. Aún más, esta no existencia en forma concreta ocupa mucho espacio, supuestamente de color puro y forma variopinta. Cuanto más grandiosa sea la representación fallida de lo abstracto, tanto más patente será la presencia del fracaso, cuya esencia es el intento muy humano de plasmar un estado de cosas inalcanzable y las relaciones con lo incognoscible. Lo abstracto en el arte es un proceso de destrucción que consiste en tomar aquello que no puede representarse e imponerlo a una serie incompleta de objetos e imágenes que existen como un lexicón paralelo que actúa como un espejo estrellado de lo que no puede representarse. No hay nada abstracto en el arte que sea resultado de este deseo destructivo de crear una abstracción. Se trata de un proceso para hacer tangible lo que sigue siendo elusivo. Esta búsqueda es lo que relaciona el deseo de crear abstracción con las utopías y constituye la esencia de la ideología neorromántica. Es la base de la política simbólica de la abstracción y su curso paralelo como marcador de la esperanza y del fracaso final. El proceso mismo de intentar reproducir lo abstracto es lo que provoca que lo verdaderamente abstracto conserve su sitio apenas fuera de alcance.

Por tanto, lo abstracto, en el actual régimen estético, siempre encuentra forma como trasfondo relacional de otras actividades, terrenos e interacciones. Al destruir lo abstracto haciéndolo concreto, lo ambiental y lo temporal se intensifican y se transforman en una abstracción asociativa duradera que ocupa el lugar de la ausencia en la obra de arte. La abstracción que produce el arte abstracto no es un reflejo de la abstracción al principio del proceso. La construcción de una estructura concreta produce aún más abstracción: el objeto del arte en este caso es simplemente un marcador o una señal que apunta hacia una nueva abstracción. La tarea de producir algo concreto por medio del proceso de abstracción no reproduce la abstracción ni redunda en nada que sea verdaderamente autónomo. Produce una ausencia y deja entrever otros procesos de abstracción interminables en potencia. Esta posible continuidad, que sigue siendo productiva mientras se reproduce, es precisamente la clave del atractivo del arte abstracto. El proceso de producir arte abstracto no llena el mundo de abstracción, al contrario de lo que podría pensarse, sino que ocupa el espacio del arte con una superabundancia de indicadores que, a su vez, ayudan a percibir abstracciones que antes no se habían tomado en cuenta. Ésta es la esencia del atractivo de lo abstracto; esto explica por qué los artistas se empeñan en volver a la zona elusiva. La abstracción no es lo contrario de la representación (admitir esto es la clave para comprender, por ejemplo, el fracaso total de la obra de Gerhard Richter); más bien, la abstracción en el arte es lo contrario de lo abstracto, del mismo modo que la representación es lo contrario de lo real.

En este caso, la estructura concreta también tiene sus carencias. No desempeña ningún papel funcional dentro de la cultura, salvo el de no ser una abstracción. La estructura concreta se convierte en un marcador que significa el arte y revela que todas las obras de arte restantes son estructuras que contienen demasiadas subjetividades. La abstracción, en este caso, tiene muy poco que ver con el minimalismo o el formalismo. No obstante, es fácil que llegue a ser minimalista o formalista con sólo un ligero ajuste en cualquier dirección. La intención de crear un gesto, objeto o entorno minimalista o reductivo requiere la supresión de la abstracción para utilizar materiales que pueden o no estar en equilibrio o sincronía con su existencia como objeto. No es lo mismo que la creación de una obra de arte abstracta. El deseo de cultivar una práctica minimalista constituye una negación de lo abstracto y un intento por dar concreción a lo concreto. Mediante este proceso se demuestra el deseo de hacer caso omiso del fracaso de la abstracción e ir más allá. Los artistas recurrieron a gestos minimalistas para tratar de acabar con la imposibilidad de transformación de la abstracción y, en cambio, nos invitaron a centrarnos en lo que imaginamos que es un hecho material o una serie de hechos sobre un material dentro de un determinado contexto. La aparición de una práctica minimalista identificable hace más de cuarenta años, pese a los intentos por evitar el problema de la abstracción, no logró afectar en realidad dicho problema. El minimalismo intensificó la evasión. Lo mínimo creó una serie de hechos a medias que siguieron aludiendo a lo abstracto del arte. Esto explica la espiritualización de lo mínimo en el contexto contemporáneo, su intercambiabilidad y asimilación en la estética del centro de bienestar y la cocina, y la asociación de la verdad con materiales que tienen relaciones presuntamente verdaderas con una espiritualidad cósmica que combina elementos disímbolos.

La falla fundamental de lo abstracto es su potencial crítico persistente. La demostración de lo concreto reduce las metáforas, alusiones y otras herramientas que pueden utilizarse para numerosos fines con una serie de hechos cognoscibles. Todo intento de representación por medio del arte siempre utilizará un cierto grado de artificio; esto no es un juicio moral, sino sólo la exposición de un hecho tal como es. Lo abstracto fallido se reproduce. No revela nada que no sea su propia forma concreta. Su presencia concreta sustituye el intento de identificar con claridad lo abstracto y se convierte en un objeto sustituto que sólo representa el potencial de lo abstracto. Este proceso de examinar los objetos sustitutos es uno de los aspectos más provocativos de cierto arte del siglo XX. La presencia de objetos sustitutos como marcadores fundamentales en la trayectoria del modernismo del siglo XX es lo que provoca respuestas sublimes y confusas. No son las formas en sí las que tienen esta cualidad esencial. La búsqueda de la abstracción cada vez más “verdadera” solamente creó y sigue creando objetos sustitutos que se esparcen por el mundo como recordatorios del fracaso de lo concreto en relación con lo abstracto. Esta función de sustitución explica por qué lo concreto, en relación con lo abstracto, es tan susceptible de ser utilizado para otros fines distintos de lo progresista y lo neotrascendental. La concreción de la abstracción de la identidad empresarial por medio de la creación de logotipos y espacios minimalistas uniformes se puede ver en paralelo al fracaso de lo abstracto en la última parte del periodo moderno, en especial en Estados Unidos.

Así, la persistencia de la abstracción tiene su origen en este deseo de seguir demostrando la imposibilidad y elusión de lo abstracto. Al mismo tiempo, revela los procesos de manipulación que tienen lugar en ámbitos del capital inexplicables; es el intento constante por concretar las relaciones abstractas y, por consiguiente, presentarlas en una forma paralela que pueda intercambiarse con mayor facilidad. En el pasado, lo concreto se creaba de lo abstracto de la empresa, pero en la actualidad, estos procesos de concreción se han trasladado a todos los ámbitos de lo “personal”. El arte abstracto producido en un periodo como éste es una necesidad. Forma una secuencia de lugares de pruebas donde se puede verificar y nos permite prestar más atención a los procesos de concreción que tienen lugar a nuestro alrededor al servicio del capital. Se prueba y se da seguimiento a la transformación de las relaciones en objetos como resultado de una sensibilidad madura al proceso de concreción cuando los artistas contemporáneos más vívidos utilizan lo que en apariencia es abstracto, pero que de hecho es una utilización consciente de marcadores evasivos.

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